Birdman: Truth or Dare?

A una gran película le pido que tenga fuerza, que arremeta con empuje desde el primer minuto, que me agarre con ímpetu y no me suelte. Que me envuelva y me sacuda, que me atrape en sus entrañas y no me haga pensar en otra cosa. Ha de ser magnética, ha de ser vibrante, ha de ser intensa, sea cual sea su género o estilo cuando veo una gran película vivo en ella, no hay fuera nada más que pueda interesarme.

Birdman es un huracán. Su falso plano secuencia no es más que un detalle, una excusa –de una complejidad técnica apabullante– para una narración sin descansos, sin puntos muertos. Su ritmo es perfecto, nada se alarga más de lo que debe durar, nada es demasiado corto. Es un torbellino medido al detalle, cuidado con mimo. El viaje aéreo será placentero, no hay arritmia, no será un vuelo brusco, aquí no hay turbulencias.

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Y pese a su inmejorable apartado técnico –maravillosa la fotografía de Lubezki una vez más– e interpretativo –inmenso Michael Keaton que se come la pantalla, fantásticos todos y cada uno de los secundarios–, la valentía de su forma y su equilibradísimo –pese a lo frenético– ritmo, es su agridulce relato el que la coloca, a juicio del que escribe, como una de las mejores películas de los últimos años. Cada momento particular que captura esa cámara que recorre los laberínticos pasillos del teatro sin detenerse es una pieza única e imprescindible.

Hay algo que no le pido nunca a una gran película, porque no todas son igual de capaces de ofrecérmelo, y es que consiga emocionarme. Una gran película puede serlo si con la fuerza suficiente me agita hasta la fascinación. Birdman es una gran película pero, además, está tocada con el don del encanto. Ese don con el que parece estar tocado todo el cine de Wilder, y el de Lubitsch, y el de Frank Capra, entre otros.

Y cuando algo así ocurre es difícil resistirse y no conectar de alguna forma con esa chica que se sienta al borde de la azotea esperando que algo cambie, el padre que se resiste a considerarse fracasado pese a que lo que nace de sus manos no es sino una pequeña versión de sí mismo, un pequeño fracaso, o ese actor que sólo actúa cuando está fuera del escenario y que, si pudiera, miraría al mundo con los ojos con los que lo hacía antaño. Cada pequeño carácter está lleno de vida.

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En definitiva, el espectáculo visual es asombroso, el atrevimiento formal es admirable, su constante homenaje al cine –a veces con citas visuales y narrativas directas– es estimable y su narrativa es una maravilla, un ejercicio de alquimia magistral que combina la dosis justa de drama y comedia, hija de nuestro tiempo pero con vista al futuro, al tiempo que vendrá. Y entre todas las virtudes con que cuenta destaco ese "algo" abstracto que impregna cada fotograma: La magia, que se encuentra en pequeñas dosis a lo largo de toda la película.

Y que cuando Birdman despega te hace volar a su lado... sólo si crees en ella.

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